Donald Trump y su posible impacto en la economía

Para hablar de los peligros de Trump hay que hacer un montón de conjeturas muy fundamentadas, y eso es lo que se podrá hacer en los próximos meses ahora que ya ha sido investido presidente de los Estados Unidos. Después de una época de miedos e incertezas, llega la hora de la verdad y las afirmaciones y promesas electorales deberán tomar forma en su programa político.

En cuanto al aspecto económico, se verá sujeto al constante nerviosismo de los mercados, que podrían causar una depresión económica. La propia elección de Trump podría provocar una caída del mercado de valores como la del Brexit, pero el verdadero problema sería lo que pasaría después. En lugar de la firmeza de Theresa May, que promueve un regreso a los fundamentos, nos encontraríamos con el espectáculo -y sería todo un espectáculo- de ver como el mismo equipo de Trump que apenas organizó una campaña estatal tendría que intentar reclutar una administración. Aunque no se produzca el giro prometido hacia el mercantilismo y la guerra comercial, una Casa Blanca dirigida como una producción de Trump seguramente inyectaría ansiedad en la economía, marginaría el capital, desincentivaría la contratación laboral y haría bajar unos cuantos puntos el PIB. Probablemente, pronto lo sabremos.

Espadas en alto con Silicon Valley

Silicon Valley, la capital tecnológica del mundo, es un paisaje mucho más variado de lo que se podría pensar desde fuera. Ultraprogresista en la vertiente social pero más bien próxima a los republicanos en temas económicos, esta sociedad se suele dividir a partes iguales en las campañas presidenciales entre demócratas y republicanos. De hecho, es normal que las empresas grandes hagan donaciones de similar suma a un partido y al otro, con predominancia ligeramente demócrata excepto en las operadoras de telefonía, pero con altos ejecutivos que a nivel personal apoyan a candidatos republicanos. Por ejemplo, Gary Shapiro, alma máter de la feria CES de Las Vegas, hizo campaña por Marco Rubio. Y Marc Andreessen, inversor y legendario creador de Netscape, apoyó en la anterior campaña a Mitt Romney.

Ahora tanto Shapiro como Andreessen tienen claro a quién nunca apoyarían. Silicon Valley se ha vuelto de golpe políticamente homogénea, o casi, gracias a Donald Trump, un hombre que el grueso de la Bahía, y otras zonas tecnológicas del país, consideran un ejemplo de antihombre tecnológico, un demagogo y una amenaza para el país.

Las afirmaciones pertenecen a los dos ejecutivos citados más arriba, pero se pueden añadir otros de Meg Whitman, consejera delegada de HP; Eric Schmidt, presidente de Google; Tim Cook, jefe de Apple, o Mark Zuckerberg, cofundador de Facebook, entre muchísimos otros. Y es que Trump, a golpe de declaraciones polémicas, ha ido calentando la ya de por sí tensa convivencia entre sus ideas reaccionarias, populistas, aislacionistas, proteccionistas y xenófobas; y el progresismo cosmopolita, elitista, liberal y globalizador de Silicon Valley.

Recelo ante las startups

Los dos mundos se han ido mirando con creciente recelo a medida que Trump prosperaba en su campaña por la nominación hasta llegar a ser nombrado presidente de EE.UU. Primero, como candidato criticó la “excesiva cuota de extranjeros” en las empresas de la Bahía, acusando a Facebook, Yahoo! y Google de aprovechar los visados especiales H-1B (para perfiles técnicos) para traer mano de obra barata a sus empresas, rechazando la local.

Después centró los ataques en Tim Cook, CEO de Apple, asegurando que retó al FBI con el caso del iPhone del terrorista de San Bernardino “sólo para demostrar lo liberal que es”. Seguidamente, dijo que obligaría a Apple “a fabricar sus malditos trastos en este país y no en otros”.

Por supuesto, toda la bahía de San Francisco se llevó las manos a la cabeza diciendo que Trump no tenía ni puñetera idea de cómo funcionaba el mundo de hoy en día. Por si eso fuera poco, al cabo de unos días y sin venir a cuento, dijo en un acto de campaña que Jeff Bezos había comprado The Washington Post “solo para conseguir que le bajen los impuestos a su compañía (Amazon), que no es rentable”.

Pero lo que llevó a todos los ejecutivos de todas las start-ups de América a desenterrar la hacha de guerra y a pintarse la cara con los dibujos rituales para el combate fueron unas declaraciones en mayo en que Trump, ya elegido candidato, opinó sobre las insistentes noticias de una nueva e inminente burbuja tecnológica en el valle de San José, que es el verdadero nombre de Silicon Valley. Afirmar que uno de los mayores centros tecnológicos y económicos del mundo “va hacia el abismo” quizá no es la mejor manera de gestionar el dinero del país que ahora preside.

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